Posteado por: JaD | 8 diciembre, 2014

Pesado y sin título

Más que irme, prefiero quedarme parado ahí.

No es que no tenga a dónde ir, pero ¿adónde voy? No es que crea que haga las cosas mal, pero ¿qué hice bien? Como cualquier ser apasionado entenderá, lo das todo, todo cuanto puedes; pasa el tiempo y todo es florecer. Quizá me faltó agua. Seguro fue eso. El jardinero cojo, chorreando el poca agua que tiene entre su flor y el camino; se marchita. Cual samurái que falla, quisiera terminar todo dentro de mí, sucedáneo de la victoria y la felicidad. Y no sería por dignidad, sino por vergüenza, buscando la no-existencia de lo que en realidad será mi existencia con la pesada sombra de mis carencias, con la amargura que dejo en sus pétalos marchitos, sedientos de mí, sabiéndome incapaz de volverle el frondoso rosal que aspiraba a ser.

No tiene espinas, pero sus reclamos, sus necesidades, fueron los callos diarios, la esperanza semanal. Y claro que vale la pena sangrarte por acariciarla, pero mis torpes intentos estremecían sus raíces, la encogían de miedo a que le lastimara como el férreo viento que la rasga, como aún más torpes manos del pasado, queriéndola arrancar… Justo eso no quería ni quiero ser, desde que le vi; y al parecer, en algo parecido me volví.

Ya que estoy parado aquí, quisiera regarle con el agua de mi propio cuerpo, aunque me acabe yo mismo y me integre a la tierra, pero sería su abono, y no su abandono; ¿por qué tanta mezquindad en sus reclamos, por qué tanta debilidad en mis oídos? Es difícil amarte, flor de fuego, flor de volcán…

Te extraño sin saber cómo, pero como siempre, ante la incógnita del corazón ante mis ojos, la respuesta tú eres -diosa oculta-, por eso tu necesidad es mi delirio de muerte, porque nunca termina, porque soy sólo ceniza cuando querías el cigarro entero, soy la fotografía del paisaje, soy el ensayo, el etéreo, el ideal. Y cuando estoy en toda dimensión, cuando soy toda mi persona, ambos fieras, es casi inevitable que no nos encajemos los colmillos mutuamente: yo sólo quería jugar, y tú, imponerte; cuando no era suficiente la caza, me daba miedo entrar a tu sabana, sabiendo que para el rey todo no es suficiente. Cuando me seduces en tu forma y movimiento, sabes que como perro callejero me pongo, pero como perro callejero me quedo, sin volver a los inviernos amplios; bajo tu melena de rojizo calor no importa qué soy, siempre y cuando no me veas, mis pocas carnes te generan más hambre; ahí donde mis garras se vuelven pulgares y tus bigotes en pecas blancas sobre el rojo botón lleno de rocío, donde abres tus ramas, esperándome como el sol y decepcionándote como si fuese sólo una luz de luciérnaga lo que logro alumbrarte… Mis espinas me afirman lo poco que soy otra vez, sin rozar tus cimas ocultas bajo tus cimas visibles, exploradas, medidas, probadas, cultivadas mil veces y cada vez mejor; nada que ver con el gris que te robé por tu color interior.

Entiende mis aullidos, el desear no ser tan amado y querer morirme ante la posibilidad; el saber que mi distancia no es amor, y aunque es necesario, el amor es el que realmente me alimenta, el que me levanta, la anestesia que me hacía olvidar lo difícil que era conseguirte agua, o una buena presa.

Los reyes no perdonan. Los perros nunca olvidan… Espero que ambos jamás dejen de amar, y toparse aunque se repudien. Abajo las caretas. Hastaluegos infinitos.


Responses

  1. Infinita es la belleza de no querer cambiarte una sola sílaba, amigo, encontrare la culpa para pedirle que te culpe de ser un mejor posible.

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